Al exhalar el órgano al cielo los suspiros de la iglesia,
lo que pasa en mí, ¡ven!, para que te lo diga;
¡Ven! ¡Y te saludo, culto niño, puro tesoro!
Por ti quema la nieve y relumbra la noche;
Por ti la vida es rica, tiene calor bajo tu ala.
¡Lo demás para el pobre y es solo un poco de oro!
¡Mi Dios!, que fácil es y dulce ser pródigo,
viviendo de porvenir, de rezos, de esperanza;
cuando da miedo el mundo; cuando cansa la multitud;
cuando el corazón no tiene más que un grito: ¡Verte, verte, verte!
Marceline Desbordes-Valmore. Revelación