Ojos de Aroa
Para mi sobrina
polvo enamorado
¿Será mañana,
no es ahora la hora
de nuestra muerte?
Coro del alba,
tres veces canta un gallo
y luego calla.
El coche fúnebre
levanta al paso mirlos,
que se santiguan.
Entre las tumbas,
dos séquitos Se cruzan:
Somos los ríos.
Llega la hora,
los muertos enterramos
a nuestros muertos.
Siguen el cauce
hermanos, tíos, primos…,
cantos rodados.
Besó mi madre
la urna es su nieta:
se desató la sal,
tuve que verlo.
Beso mi hermana
la urna de su hija:
se nos hizo de noche
y ya no pude.
Cal y paleta,
cemento duro, os vi
llorando por un ángel,
la angostura del nicho
todavía se turba
y se avergüenza.
Pero no la lloréis,
porque somos los ríos,
y mi niña a la mar
se abre por dentro.
Soy la hija que parte,
soy la madre que queda,
a falta ya de sí,
viviendo a ciegas.
Soy esa soledad
de la noche terrestre,
soy el Alba del canto.
Contaba ayer
mi hermana las estrellas
del cielo, y hoy le faltan,
señor, sus dos luceros.
Ojos tan generosos,
Que viéndose morir,
aún nos amaban.
Enamorado, Aroa,
el polvo vuelve al polvo,
pero esos ojos tuyos
de las últimas tardes,
esas aguas serenas,
eso sí en los callados,
eran ya la belleza
de dios, pequeña mía,
y nos miraban.
Vicente Gallego


No hay comentarios:
Publicar un comentario