"El arte que trasciende, que ayuda a ver y encontrar al otro, que es expresión de la tradición y de la renovación de la fe y de belleza". Benedicto XVI

jueves, 21 de mayo de 2026

Dios que nos mira

 


Ojos de Aroa

Para mi sobrina

polvo enamorado


¿Será mañana,

no es ahora la hora

de nuestra muerte?

 

Coro del alba,

tres veces canta un gallo

y luego calla.

 

El coche fúnebre

levanta al paso mirlos,

que se santiguan.

 

Entre las tumbas,

dos séquitos Se cruzan:

Somos los ríos.

 

Llega la hora,

los muertos enterramos

a nuestros muertos.

 

Siguen el cauce

hermanos, tíos, primos…,

cantos rodados.

 

Besó mi madre

la urna es su nieta:

se desató la sal,

tuve que verlo.

 

Beso mi hermana

la urna de su hija:

se nos hizo de noche

y ya no pude.

 

Cal y paleta,

cemento duro, os vi

llorando por un ángel,

la angostura del nicho

todavía se turba

y se avergüenza.

 

Pero no la lloréis,

porque somos los ríos,

y mi niña a la mar

se abre por dentro.

 

Soy la hija que parte,

soy la madre que queda,

a falta ya de sí,

viviendo a ciegas.

 

Soy esa soledad

de la noche terrestre,

soy el Alba del canto.

 

Contaba ayer

mi hermana las estrellas

del cielo, y hoy le faltan,

señor, sus dos luceros.

 

Ojos tan generosos,

Que viéndose morir,

aún nos amaban.

 

Enamorado, Aroa,

el polvo vuelve al polvo,

pero esos ojos tuyos

de las últimas tardes,

esas aguas serenas,

eso sí en los callados,

eran ya la belleza

de dios, pequeña mía,

y nos miraban.


Vicente Gallego

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