Irresistible imantación del ser. ¡Cuán bella era la luz sobre la terraza de habares en flor, sobre los negros cipreses! Salíamos de Santa Groce, donde moría San Francisco de Asís; de San Marcos, donde Cristo expiraba en la Cruz, o donde la Virgen escuchaba al ángel, en un pasillo desnudo y silencioso. Hasta nuestros sentidos habían cobrado un alma. El arte me había ya arrebatado otras veces, pero nunca como en esta ocasión. Estaba tocando ese límite indefinible entre lo humano y lo divino, entre lo terrestre y lo seráfico, entre lo que es del mundo y lo que es del cielo
Henri Ghéon
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